7.16.2012

Vitamina C

Tras la aparente calma y la sonrisa fácil, se esconde el más intenso de los dolores.
Estás preparando el café, tranquilamente por la mañana, y ¡bum! te asaltan los malditos recuerdos.
Recuerdos dulces y cálidos que ahora se te antojan ácidos y escalofriantes.
Te dan ganas de arrancarte el corazón, apartar las naranjas y exprimirlo para desayunar. Podría llegar a ser la piedra angular de un nutritivo desayuno mediterráneo.
Solo piensas en meterte en la cama otra vez. Ponerte el pijama y achuchar al gato como si fuera de trapo a tu lado. No salir en días, semanas o incluso años.
Entonces llegas a la conclusión de que eres afortunado por tener un trabajo que te obliga a no dejarte llevar por esa sensación. Proyectos, quehaceres, planes... Distracciones, en definitiva. Te escondes bajo todo eso y finges no padecer. Al final el fingir deja de ser fingir y ¡voilá! puedes seguir caminando sin sentir que te han amputado un miembro del cuerpo.
Es como ver una película, da la sensación de que no eres tú, es otra pringada que no ha sabido ver venir las cosas. Te sientas en el sofá y gritas: "¡Pero ten cuidado, tronca!" Menuda idiota, piensas, se cree la princesa cuando resulta que es la rana. De verdad, hay que ser panfila para que la vida te suelte ese bofetón. Más amor propio, tía...
Luego te percatas de que esa imbécil eres tú, que todo eso te está pasando a ti y entras en una especie de shock que te deja en un limbo permanente. Ahí estas, en el mundo que se encuentra entre los vivos y los muertos, muy vivo para sentir dolor, pero demasiado muerto para dejar que la alegría te invada  completamente. Si te descuidas como mucho te roza.

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