Él era un luchador que soñaba bonito. Quería conseguirlo todo en esta vida, volar alto, y ante todo, volar solo.
Ella era lo suficientemente mayor como para saber que podía tenerlo todo y lo bastante idiota para renunciar a ello por un absurdo beso de amor verdadero.
Él era inseguro y se escondía tras capas de barniz que lo protegían del desgaste, no iba a permitir que los demás percibieran sus imperfecciones, su debilidad... Su necesidad.
Ella, tras una capa de miel y de melaza escondía una roca tallada y afilada, tras todos esos nobles sentimientos poseía una tormenta.
Él que inundaba el aire con su electricidad.
Ella que ponía palabras al silencio.
Él era tan guapo como complicado.
Ella era todo lo que él no era capaz de ver.
Él, capaz de subir tan arriba que el sol podría cegarlo.
Ella, deseosa de dejar tras de sí los focos y disfrutar de la sombra.
Él que no tenía ya manos para sostenerla.
Ella que ya no tenía fuerzas para abofetearle.
Él, tan sediento de nadar en una tranquila charca.
Ella, con su necesidad imperiosa de escalar cascadas.
Él lo guardaría todo en una caja como un precioso tesoro.
Ella lo tiraría al suelo y lo haría volar en mil pedazos.
Él pondría una eterna buena cara.
Ella se ahogaría entre lágrimas.
Él que sólo saborearía una victoria.
Y ella que ya sabía lo que perdía.
Quizá habían empezado a alejarse antes incluso de empezar a acercarse.